Pero resultó que se topó con él menos de una hora después. Se encaminaba hacia la casa para ver a su madre, mientras Jeffcoat y J. D. Loucks venían por la calle en el elegante coche Peerless de Loucks, evidentemente recorriendo el pueblo. Emily se detuvo en seco en mitad de la acera, al ver pasar a Loucks con su barba blanca, conduciendo su yunta de tordos. Con los labios apretados, echó una mirada furibunda al hombre que iba junto a él. Debió de haber ido al hotel a lavarse. Se había afeitado las patillas y llevaba una levita con mangas, el corbatín tenía un aspecto correcto sobre la pechera de la camisa blanca, limpia. ¡Pero la sonrisa del joven la hizo apretar los puños!

Jeffcoat se tocó el ala del sombrero y saludó a Emily con la cabeza, mientras esta sentía que se le coloreaban las mejillas. Dejó la vista clavada en ella hasta que el coche siguió adelante y pasó. Entonces, la muchacha reanudó sus zancadas furibundas y deseó haberle arrojado el tridente a la cabeza cuando tuvo ocasión.

Capítulo 2

El hogar de Emily Walcott era diferente de todos los que conocía. Siempre estaba desordenado; las comidas nunca estaban preparadas a tiempo; en ocasiones, se quedaban sin ropa limpia y a las lámparas de la chimenea siempre les hacía falta una limpieza. No siempre había sido así. Cuando la madre estaba sana, antes, mientras vivían en Philadelphia, la casa era alegre y estaba bien cuidada. Las cenas estaban listas a tiempo, la ropa lavada colgaba de la cuerda todos los lunes por la mañana y se planchaba los martes. Los miércoles era el turno de remendar, los jueves de las tareas sueltas, los viernes se horneaba pan y los sábados, limpieza general.

Entonces, la madre comenzó a sentirse mal y todo cambió. Al comienzo, no tuvieron muy en cuenta su fatiga.



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