
Pero lo que logró curar a John B. Stetson, no lo logró con Josephine Walcott. En los dieciocho meses que estuvieron allí, no hizo más que debilitarse. Su cuerpo, en otro tiempo robusto, estaba reducido a menos de cuarenta y cinco kilos. La tos era tan constante que ya no despertaba a los niños por la noche. Y en los últimos tiempos comenzaron a aparecer pañuelos ensangrentados entre la ropa sucia.
Era la ropa para lavar lo que preocupaba a Emily cuando volvía a la casa esa tarde de junio.
Mientras subía los amplios escalones del porche, miró al sol sobre el hombro izquierdo y se preguntó si habría tiempo de que la ropa se secara.
Entró en el recibidor y se detuvo, renuente, mirando alrededor. Polvo. Polvo por todos lados. Y un montón de chucherías capaz de marear a cualquiera. A pesar de la delicada condición de su madre, papá había prosperado como palafrenero de Philadelphia y ella quería que todos en Sheridan supieran de su éxito. Como era una moderna ama de casa victoriana, exhibía las pruebas de la prosperidad en el recibidor, como sus amigas de Philadelphia, según el principio de la decoración actual que rezaba: "cuanto más, mejor…".
Aunque el cuarto fue pensado por el padre para dar impresión de espacio, la madre hizo todo lo posible para llenarlo e insistió en llevar no sólo el piano sino en colocarlo como se usaba, con la parte de atrás hacia el salón, y no hacia la pared, cosa que le dio la posibilidad de "vestirlo". Festoneado por una colgadura de seda china de muchos colores, bordeada de un fleco de trencilla y borlas, su enorme tapa levantada constituía el núcleo de esa monstruosidad que la madre llamaba "recibidor". Contra el piano había un diván sin respaldo; encima, un sinfín de abanicos y fotografías enmarcadas; a un costado, un jarrón con plumas de pavo real.
