—¡Hable sólo por usted, señora Bryant! —rugió el hombre de Seguridad—. Su nombre es señora Bryant, ¿verdad? ¿La señora Bryant del Women's Magazine Syndicate? ¿La señora Alexis Bryant? —Parecía estar haciendo diminutas notas a lápiz en su cerebro.

La señora Bryant se sentó de nuevo junto a Culpepper, apretando contra su corazón su copia del Código de Seguridad enmendado, el panfleto especial sobre el proyecto Brooklyn y la delgada hoja mimeografiada. Culpepper se retiró cuanto pudo hacia el brazo opuesto de su sillón. ¿Por qué todo le pasaba a él? Y, además, para empeorar las cosas, esa loca lo miraba llorosa como si esperara compasión. Culpepper dirigió la vista adelante y cruzó las piernas.

—Deben permanecer dentro de la jurisdicción del Proyecto Brooklyn porque esa es la única manera de que Seguridad pueda tener la certeza de que no ocurran filtraciones importantes de información antes de que el aparato haya sido modificado hasta hacerlo irreconocible. Usted no estaba obligada a venir, señora Bryant… usted se ofreció. Todos ustedes son voluntarios. Después que sus editores los eligieron para cubrir el experimento, todos tuvieron el derecho peculiarmente democrático de rehusar. Ninguno lo hizo. Ustedes reconocieron que rechazar este infrecuente honor habría demostrado su incapacidad de pensar en términos de Seguridad Nacional, habría significado, en realidad, una crítica del mismo Código de Seguridad en el aspecto del tiempo usual de examen de dos años. ¡Y ahora esto! Para alguien considerada hasta esta ocasión tan capaz y digna de confianza como usted, señora Bryant, salir a estas horas con una solicitud tal, me hace… —La voz del hombrecito se hizo un susurro—… casi me hace dudar de la eficacia de nuestros métodos de selección en Seguridad.



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