– Crece un poco – dijo un día Jodorowsky a su veinteañera hija Eugenia.

A lo que ésta replicó:

– ¡Y tú redúcete un poco!

Que el mismo Alejandro cite, no sin orgullo, esa aguda respuesta de su hija dice mucho del personaje.

Servidor de la verdad, aunque a veces con cierto aire de farsante, saltimbanqui descarado que no pide sino callar e inclinarse ante quien lo supera, Jodorowsky pertenece, a todas luces, a la raza de los locos sabios. Si bien el clown místico puede inspirar fascinación o aversión inmediatas -y a veces también ambas cosas a la vez-, es mucho lo que se gana conociendo a este hombre en toda su riqueza interior.

Aunque ha publicado varias novelas e infinidad de historietas, Jodorowsky esperó la edad de la jubilación para escribir sobre lo que más le importa. Al hilo de nuestras conversaciones, Alejandro me condujo por un viaje mágico con el arte de un Castaneda que hubiera hecho teatro. A este viaje se nos invita ahora. Este libro tiene tanto de autobiografía artístico-espiritual como de guía en una nueva terapia. Ventana abierta a un mundo en el cual la poesía se encarna en tumultos, en el que el teatro se vuelve sacrificio ritual y en el que una bruja real, armada de un cuchillo de cocina, cura cánceres, cambia corazones y alimenta los sueños de la noche, esta obra permanecerá, así lo espero, como la huella del paso entre nosotros de un ser de una dimensión poco común.

Gilles Farcet

París, 1989-1993

El acto poético

Supongo que el nacimiento de lo que usted llama psicomagia respondió a una necesidad…



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