
Pero ¿por qué ese fenómeno ha de tener necesariamente consecuencias nefastas? ¿Qué piensa entonces de los videntes que predicen acontecimientos felices, prosperidad, fertilidad u otros beneficios?
Igualmente ello implica poder y manipulación. Por lo demás, estoy absolutamente convencido de que tras la etiqueta de «vidente profesional» se esconden, con raras excepciones, individuos desequilibrados, deshonestos y delirantes. En el fondo, sólo serían dignas de confianza las predicciones de un verdadero santo… Eso explica por qué me niego a dedicarme a la videncia.
Volvamos a los orígenes de la psicomagia y a su actividad de tarólogo. ¿En qué consistía entonces su práctica?
Yo consideraba el tarot como un test proyectivo que permitía ubicar las necesidades de la persona y saber dónde residían susproblemas. Es bien sabido que la mera actualización de una dificultad inconsciente o poco conocida constituye ya un esbozo de solución. Al trabajar conmigo, las personas tomaban conciencia de su identidad, de sus dificultades, de lo que las llevaba a actuar. Yo les hacía pasearse a través de su árbol genealógico para mostrarles el origen antiguo de algunos de sus malestares. Sin embargo, me di cuenta enseguida de que no podía haber ninguna curación verdadera si no se llegaba a una acción concreta. Para que la consulta tuviera un efecto terapéutico, tenía que desembocar en una acción creativa llevada a cabo en el ámbito real. Para lograrlo, tuve que indicar a quienes venían a verme uno o dos actos a realizar. La persona y yo teníamos que, de común acuerdo y con plena conciencia, fijar un programa de acción muy preciso. Así es como llegué a practicar la psicomagia.
