Mi poesía puede perfectamente no conducir a ninguna parte:

«¡Las risas de este libro son falsas!», argumentarán mis detractores

«Sus lágrimas, ¡artificiales!»

«En vez de suspirar, en estas páginas se bosteza»

«Se patalea como un niño de pecho»

«El autor se da a entender a estornudos»

Conforme: os invito a quemar vuestras naves,

Como los fenicios pretendo formarme mi propio alfabeto.

«¿A qué molestar al público entonces?», se preguntarán los amigos

lectores:

«Si el propio autor empieza por desprestigiar sus escritos,

¡Qué podrá esperarse de ellos!».

Cuidado, yo no desprestigio nada

O, mejor dicho, yo exalto mi punto de vista,

Me vanaglorio de mis limitaciones

Pongo por las nubes mis creaciones.

Los pájaros de Aristófanes

Enterraban en sus propias cabezas

Los cadáveres de sus padres.

(Cada pájaro era un verdadero cementerio volante)

A mi modo de ver

Ha llegado la hora de modernizar esta ceremonia

¡Y yo entierro mis plumas en la cabeza de los señores lectores!

Esas cinco personalidades marcaron mucho, entiendo, al joven que usted era entonces…

Eran vivos, ¡vivos y peleadores! Eran los mejores enemigos del mundo, pasaban los días peleando, intercambiándose insultos… Pablo de Rokha, por ejemplo, publicó una carta abierta a Vicente Huidobro en la que exclamaba: «Comienzo a estar harto de esta historia, mi pequeño Vicentito. Por lo demás, no soy de esos cobardes que golpean a una gallina que cacarea porque dice haber puesto un huevo en Europa». ¿Sabes lo que decía de Neruda? «Pablo Neruda no es comunista, es nerudista -el último de los nerudistas, o el único, probablemente…»



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