Sobra decir que trabajar con un personaje pánico no es una sinecura. Y esto, en primer lugar, porque Jodorowsky ignora los plannings, las agendas y otro tipo de apremios temporales que rigen la vida de los terrenales. Cuando me propuse poner en papel su aventura psicomágica, comprendí que tenía que dedicarme exclusivamente a tal empresa. Con él no hay previsiones, plazos fijados de antemano, citas debidamente anotadas: las cosas se hacen al instante. Todo en él tiene la cualidad del fulgor. No es que sea incapaz de someterse a una disciplina o plegarse a horarios, todo lo contrario; pero en fin, ahí hay un misterio: ¿cómo este hombre que, una vez concluidas nuestras citas psicomágicas, partía a realizar una película de nombre evocador -The Rainbow Thief (El ladrón del arco iris, 1990)-puede dirigir un rodaje de gran presupuesto, domar a monstruos sagrados como Peter O'Toole, Omar Sharif o Christopher Lee, imponer su sensibilidad a productores tan materialistas como inquietos y, por otra parte, no tomar nota de ninguno de sus compromisos futuros y aceptar en septiembre una conferencia para marzo sin apuntar el día en una libreta, razón por la cual, a medida que se acerca la fecha de su intervención, hay que localizarlo, por miedo a que se haya olvidado de su compromiso y desaparezca hacia cualquier punto del planeta?

Alejandro es un convencido del carácter convulso de la realidad, y de ahí ese aspecto fascinante y agotador que le hace ser desmesurado en todas sus manifestaciones. Cuando alguien le pone un público enfrente, rara vez resiste la tentación de llevarlo hasta el límite.



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