
Por azar, le respondí. Durante un rato los seis nos quedamos callados. Sopesé la posibilidad de trabajar en Gómez Palacio, de vivir allí para siempre. Había visto en el patio a un par de alumnas de pintura que me parecieron bonitas. Con suerte podía casarme con una de ellas. La más bonita de las dos parecía también la más convencional. Imaginé un noviazgo largo y complicado. Imaginé una casa oscura y fresca y un jardín lleno de plantas. ¿Y hasta cuándo piensa escribir?, dijo el muchacho que hacía jabones. Hubiera podido responderle cualquier cosa. Opté por la más sencilla: no lo sé, dije. ¿Y tú? Yo empecé a escribir porque la poesía me hace más libre, maestro, y nunca lo voy a dejar, dijo con una sonrisa que apenas ocultaba su orgullo y su determinación. La respuesta estaba viciada por la vaguedad, por un afán declamatorio. Detrás de esa respuesta, sin embargo, vi al obrero del jabón, no como era ahora sino como había sido cuando tenía quince años o tal vez doce, lo vi corriendo o caminando por calles suburbiales de Gómez Palacio bajo un cielo que se asemejaba a un alud de piedras. Y también vi a sus compañeros: me pareció imposible que sobrevivieran. Eso era, pese a todo, lo más natural.
Después leímos poesías. De ellos la única que tenía algo de talento era la muchacha. Pero yo ya no estaba seguro de nada. Cuando salimos, la directora me estaba esperando junto a dos tipos que resultaron ser funcionarios del estado de Durango. No sé por qué, pensé que eran policías y que habían ido a detenerme. Los muchachos se despidieron de mí y se marcharon, la chica flacucha con un chico y los otros tres solos. Los vi atravesar un pasillo de paredes desconchadas. Los seguí hasta la puerta, como si hubiera olvidado decirle algo a uno de ellos. Allí los vi perderse por los dos extremos de aquella calle de Gómez Palacio.
