
¿Estás segura de que era tu marido?, le pregunté cuando el coche ya se perdía otra vez en dirección a los cerros. No, dijo la directora, y se echó a reír. Creo que no era. Yo también me puse a reír. El carro se parecía al de él, dijo entre hipidos de risa, pero me parece que no era él. ¿Sólo te parece?, dije yo. A menos que haya cambiado la matrícula, dijo la directora. Comprendí en ese momento que todo había sido una broma y cerré los ojos. Después salimos de los cerros y entramos en el desierto, una planicie que barrían las luces de los coches que iban al norte o en dirección a Gómez Palacio. Ya era de noche.
Mira, dijo la directora, vamos a llegar a un sitio muy especial. Ésa fue la palabra que empleó. Muy especial.
Quería que vieras esto, dijo, a mí es lo que más me gusta de mi tierra. El coche salió de la carretera y se detuvo en una suerte de zona de descanso, aunque en realidad aquello no era nada, sólo tierra y un espacio grande para estacionar camiones. A lo lejos brillaban las luces de algo que podía ser un pueblo o un restaurante. No bajamos. La directora me indicó un punto impreciso. Un tramo de carretera que debía de estar a unos cinco kilómetros de donde nos encontrábamos, tal vez menos, tal vez más.
