Luego me acerqué a la ventana. En el aparcamiento del motel aún estaba el coche de ella. Abrí la puerta y un soplo de aire del desierto me dio de lleno en la cara. El coche estaba vacío. Un poco más allá, junto a la carretera, como quien contempla un río o un paisaje extraterrestre, vi a la directora, con los brazos un poco levantados, como si estuviera hablando con el aire o recitando, o como si de nuevo fuera una niña y estuviera jugando a las estatuas.

No dormí bien. Cuando amaneció ella misma me vino a buscar. Me acompañó hasta la estación de autobuses y me dijo que si finalmente decidía aceptar el trabajo sería bienvenido en el taller. Le dije que me lo tenía que pensar. Ella dijo que eso estaba bien, que había que pensar las cosas. Luego dijo: un abrazóte. Me incliné y la abracé. El asiento que me tocó daba al otro lado, así que no la pude ver cuando se marchó. Sólo recuerdo vagamente su figura, allí detenida, mirando el autobús o tal vez mirando su reloj de pulsera. Después tuve que sentarme porque otros viajeros pasaban por el pasillo o se acomodaban en los asientos de al lado y cuando volví a mirar ya no estaba.

ÚLTIMOS ATARDECERES EN LA TIERRA

La situación es ésta: B y el padre de B salen de vacaciones a Acapulco. Parten muy temprano, a las seis de la mañana. Esa noche, B duerme en casa de su padre. No tiene sueños o si los tiene los olvida nada más abrir los ojos. Oye a su padre en el baño. Mira por la ventana, aún está oscuro. B no enciende la luz y se viste. Cuando sale de su habitación su padre está sentado a la mesa, leyendo un periódico deportivo del día anterior, y el desayuno está hecho. Café y huevos a la ranchera. B saluda a su padre y entra en el baño.

El coche del padre de B es un Ford Mustang del 70. A las seis y media de la mañana suben al coche y comienzan a salir de la ciudad. La ciudad es México Distrito Federal, y el año en que B y su padre abandonan el DF por unas cortas vacaciones es el año de 1975.



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