Pero ¿y si Alik no acudía a ver a su hijo?

Blaire se llevó la mano al cuello.

Si no iba a verlo, entonces significaba que después de haberlo sopesado todo cuidadosamente, Alik había decidido que lo mejor era no ver jamás a su pequeño. Y, si era ese el caso, Blaire había resuelto no cuestionar jamás tal decisión.

Lo más importante era concederle a Alik la oportunidad de conocer la existencia de Nicky. De ese modo ella se marcharía con la conciencia tranquila. Tomaría un avión al día siguiente con su bebé, y aquel sería su último adiós.

Nicky era el amor de su vida, su futuro. Su hijo sería el recuerdo constante de Alik y del gran amor que un día habían compartido. Blaire se consagraría a su hijo, dedicaría todo su tiempo a ser la madre más devota que pudiera imaginarse.

Llamó a la puerta de la habitación antes de abrir, tratando de evitar que la niñera se alarmase, y la vio sentada en un sillón con el bebé en brazos.

– Señorita Wood, ¿qué tal está Nicky?, ¿ha llorado mucho pidiendo el biberón?

– No, apenas se ha despertado, ha sido todo un caballerito. ¡Es un niño tan pequeño, y tan bueno! Esperaba que tardara usted más. No hay nada como un recién nacido, sobre todo este. Su padre debe ser muy guapo, con ese pelo negro tan rizado y esa piel aceitunada.

– Lo es -contestó Blaire aclarándose la garganta.

– Me dan ganas de tener más nietos.

– No sé cómo darle las gracias.

– No es necesario, comprendo perfectamente cómo se siente. Con el primer hijo se tiene miedo hasta de respirar, así que más aún de perderlo de vista.

– ¿Tanto se me nota?

– Es maravilloso ser madre por primera vez -rió la niñera tendiéndole al bebé-. Me alegro de haberle sido de ayuda.

– Y yo también.

Blaire sacó cincuenta dólares del bolso y los puso en la mano de la mujer.



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