
La vida en medio de los restos del hundimiento de Alemania seguía siendo, con frecuencia, tan poco segura como lo había sido en los últimos días de la guerra: una pared que se hundía aquí, una bomba sin explotar allí. Todavía se parecía bastante a una lotería.
En la estación de ferrocarril compré lo que esperaba que fuera un billete ganador.
2
Por la noche, en el último tren de vuelta a Berlín desde Potsdam, tenía un vagón para mí solo. Debería haber tenido más cuidado, pero me sentía satisfecho de mí mismo por haber resuelto con éxito el caso del doctor y, además, estaba cansado porque aquel asunto me había ocupado casi todo el día y una parte importante de la noche.
Buena parte de ese tiempo se lo había llevado el viaje. Por lo general, ahora los viajes duraban dos o tres veces más que antes de la guerra, y lo que antes era un trayecto de media hora hasta Potsdam ahora llevaba casi dos. Estaba cerrando los ojos para echar un sueñecito cuando el tren empezó a frenar y luego se detuvo bruscamente.
Pasaron varios minutos antes de que se abriera la puerta del vagón y subiera a bordo un soldado ruso que apestaba. Murmuró un saludo dirigido a mí al que correspondí con un cortés cabeceo. Pero casi inmediatamente me preparé para lo peor cuando, oscilando suavemente sobre sus enormes pies, se quitó del hombro la carabina Mosin Nagant y le quitó el seguro. En lugar de apuntarme, se dio media vuelta y disparó el arma a través de la ventana. Después de una breve pausa mis pulmones volvieron a funcionar cuando comprendí que aquello había sido una señal para el conductor.
El ruso eructó, se dejó caer pesadamente en el asiento cuando el tren empezó a moverse otra vez, se quitó el gorro de piel de cordero con el dorso de la mugrienta mano y, echándose hacia atrás, cerró los ojos.
