SOAMO SOAMO SOAMO; una pausa, un resplandor azul y luego NEONAX NEONAX NEONAX. Tal vez nombres de estaciones, tal vez propaganda de productos. No me sugerían absolutamente nada.

«Ya es hora de encontrar a este hombre», pensé, me volví, hallé un 'andén que fluía en la dirección contraria y fui por él hacia abajo. Resultó que no era el mismo plano, ni siquiera el vestíbulo del que me había elevado; lo supe porque carecía de grandes columnas. Quizá se habían trasladado a otra parte; todo me parecía posible.

Me encontraba en una selva de surtidores; más allá había una sala blanca y rosa, llena de mujeres. Al pasar alargué la mano como por casualidad hacia el chorro del surtidor iluminado, quizá porque era agradable ver algo que me resultara un poco conocido. Pero no tuve ninguna sensación, porque de ese surtidor no manaba agua. Al poco rato me pareció oler una fragancia de flores. Me llevé la mano a la nariz. La mano olía a mil jabones de tocador.

Involuntariamente, me la froté contra el pantalón. Ya estaba ante la sala donde sólo había mujeres. No tenía el aspecto de ser la antesala de un lavabo de señoras, pero tampoco lo sabía seguro y, como no quería preguntar, di media vuelta. Un joven, disfrazado con algo que parecía mercurio líquido sobre los hombros, que terminaba en unas mangas anchas y le ceñía las caderas, hablaba con una muchacha rubia que se apoyaba contra el surtidor. Llevaba un vestido claro muy corriente, lo cual me prestó algo de valor. Sostenía un ramo de flores de color rosa pálido, ocultó en él la cara y sonrió al joven con los ojos. En el último momento, cuando me hallaba junto a ellos y ya había abierto la boca, vi que la muchacha se comía las flores. Esto me hizo enmudecer unos instantes. Ella masticaba tranquilamente las hojas tiernas. Levantó la vista y me miró. Su mirada era impasible. Pero yo ya me había acostumbrado a esto y pregunté dónde se encontraba el Círculo Interior.



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