
Tuvo suerte. El bar estaba abierto, aunque las mesas se veían desiertas y el camarero se estaba quedando dormido.
– Una botella de agua mineral, por favor -dijo agradecida-. Ay, Dios, cuatro euros. ¿No tiene otra más pequeña?
– Me temo que he vendido la última -dijo el camarero, excusándose.
– ¡Oh, no! -gritó frustrada.
– ¿Puedo ayudarte? -preguntó una voz detrás de ella. Ferne se giró y vio a Dante.
– Tengo que gorronearte dinero -gruñó-, ¡otra vez! Necesito beber algo.
– Deja entonces que pida champán.
– No, gracias, sólo quiero agua mineral.
– El champán es mejor -dijo él en el tono persuasivo que emplean los hombres a punto de embarcarse en un flirteo.
– No, cuando se tiene sed, lo mejor es beber agua -dijo ella con firmeza.
– ¿No puedo convencerte entonces?
– No, no puedes. Lo que sí puedes hacer es apartarte de mi camino para que pueda marcharme. Buenas noches.
– Perdona -dijo él enseguida-. No te enfades conmigo, sólo estaba bromeando -se dirigió al camarero-: sírvale a la señorita lo que desee y ponga un whisky para mí.
Rodeándole la cintura con el brazo con suavidad, pero con la firmeza suficiente como para evitar que escapase, la guió a un asiento junto a la ventana. El camarero se acercó y ella asió la botella de agua, inclinó la cabeza hacia atrás y bebió largamente.
– Mucho mejor -dijo ella finalmente-. Soy yo la que debería disculparme. Estoy de mal humor y no debería pagarlo contigo.
– ¿No te gusta depender de los demás?
– No me gusta tener que pedir -dijo ella, disgustada.
– No estás pidiendo nada -la corrigió educadamente-.Sólo estás permitiendo que tus amigos te ayuden.
– Devolveré hasta el último céntimo -prometió.
– ¡Basta! Me estás empezando a aburrir.
