
Omar mastica lentamente y lleno de orgullo las almendras restantes, mirando alejarse a la desconocida, cuando un clamor llega hasta él y le incita a apresurarse. Pronto se encuentra en medio de una muchedumbre desenfrenada. Un anciano de largos y esqueléticos miembros está ya en el suelo, con la cabeza descubierta y los cabellos blancos revueltos sobre un cráneo tostado por el sol. Sus gritos ya no son más que un prolongado sollozo de rabia y de miedo. Sus ojos suplican al recién llegado.
En torno al desgraciado, unos veinte individuos, barbas encrespadas, garrotes vengadores, y a cierta distancia un coro de espectadores regocijados. Uno de ellos, al comprobar el semblante escandalizado de Jayyám le lanza con el más tranquilizador de los tonos: «No es nada, no es más que Jaber el Largo!» Omar se sobresalta, un estremecimiento de vergüenza le recorre el cuerpo y murmura: «Jaber ¡el compañero de Abu Alí»
Un nombre de los más comunes, Abu Alí, pero cuando un letrado lo menciona así, con un tono de familiar deferencia, tanto en Bujara como en Córdoba, en Bali o en Bagdad, no cabe confusión alguna sobre el personaje: se trata de Abu Alí lbn-Sina, famoso en Occidente por el nombre de Avicena. Omar no llegó a conocerlo, ya que nació once años después de su muerte, pero lo venera como al maestro indiscutible de su generación, el poseedor de todas las ciencias, el apóstol de la Razón.
Jayyám murmura de nuevo: «¡Jaber, el discípulo preferido de Abu Alí!» Porque, aunque lo ve por primera vez, no ignora nada acerca de su patético y ejemplar destino. Avicena veía en él al continuador de su medicina y de su metafísica y admiraba la fuerza de sus argumentos; únicamente le reprochaba que profesara demasiado alto y demasiado brutalmente sus ideas. Este defecto le había valido a Jaber varias temporadas en la cárcel y tres flagelaciones públicas, la última en la Plaza Mayor de Samarcanda.
