
Decidió dejar correr el tema. Era evidente que Con no iba a contarle lo que había pasado, y tenía todo el derecho a salvaguardar sus secretos. Porque Constantine era un hombre muy misterioso, la verdad. Aunque siempre se había mostrado agradable con sus hermanas y con él, su carácter tenía un halo insondable y taciturno pese a su simpatía y a su presta sonrisa. Después de la muerte de su hermano había comprado una propiedad en algún lugar de Gloucestershire, pero nunca los había invitado a visitarlo. Ni a ellos ni a nadie que Stephen conociera. Y nadie sabía cómo podía haberse permitido semejante gasto. Su padre le había dejado dinero en herencia, por supuesto, pero ¿tanto como para poder comprar una propiedad campestre con una mansión?
Claro que eso no era asunto suyo.
Sin embargo, muchas veces se preguntaba por qué Constantine se había mostrado siempre amable con ellos. Tanto sus hermanas como él eran unos completos desconocidos cuando invadieron su hogar y lo reclamaron. El heredó el título de conde de Merton, el mismo título que tenía su hermano, que murió meses antes, y que también había tenido su padre. Un título que podía haber sido de Con si hubiera nacido tres días después o si sus padres hubieran contraído matrimonio tres días antes.
¿No debería haberles demostrado cierto resentimiento o incluso odio? ¿No debería guardarles rencor todavía?
En muchas ocasiones se preguntaba qué guardaba Con en su cabeza, algo que no se permitía expresar ni con palabras ni con actos.
– Debe de estar pasando un calor infernal -comentó Constantine justo después de haber retomado el paseo tras saludar a un grupo de amigos. Acompañó el comentario con un gesto de la cabeza en dirección a la izquierda del camino.
Stephen vio un nutrido grupo de personas paseando por la zona, pero no le costó trabajo entender a quién se refería.
Delante de un grupo de damas ataviadas con vestidos a la moda de colores apropiados para la época estival caminaban otras dos mujeres, una de ellas vestida de un tono marrón rojizo, un color tal vez más propio del otoño, y la otra, de riguroso luto. Vestida de negro de la cabeza a los pies. El velo con el que se ocultaba el rostro era tan tupido que resultaba imposible verle la cara, aunque estaba apenas a unos metros de distancia.
