De cualquier modo, aunque la Casa Cristina hubiera seguido en pie, la ciudad ya no terminaría en su esquina: habían crecido barriadas nuevas con bloques monótonos de ladrillo, había un polideportivo y un nuevo centro comercial que el hombre me mostró con orgullo, como se enseñan a un forastero los monumentos más notables. Sólo quienes nos hemos ido sabemos cómo era nuestra ciudad y advertimos hasta qué punto ha cambiado: son los que se quedaron los que no la recuerdan, los que al verla día a día la han ido perdiendo y dejando que se desfigure, aunque piensen que son ellos los que se mantuvieron fieles, y nosotros, en cierta medida, los desertores.

Dice mi mujer que vivo en el pasado, que me alimento de sueños, como esos viejos desocupados que van a jugar al dominó en nuestra sede social y asisten a las conferencias o a los recitales poéticos que organiza Godino. Le contesto que más o menos eso mismo soy yo, casi un desocupado, un parado de larga duración, como dicen ahora, por mucho que me empeñe en emprender negocios que no llegan a nada, en aceptar trabajos casi siempre fugaces, y muchas veces ilusorios y hasta fraudulentos. Pero no le digo que ya me gustaría a mí vivir de verdad en el pasado, sumergirme en él con la misma convicción, con la voluptuosidad con que lo hacen otros, como Godino, que cuando come morcilla en caldera o recuerda algún chisme o algún apodo de un paisano nuestro o recita unos versos de nuestro poeta más célebre, Jacob Bustamante, enrojece de entusiasmo y felicidad, y está planeando siempre lo que va a hacer la próxima Semana Santa, y contando los días que faltan para el Domingo de Ramos, y sobre todo para el Miércoles Santo por la noche, cuando sale la procesión en la que él es cofrade y también directivo, «como lo fue en su día el insigne Mateo Zapatón, ahora retirado en la Villa y Corte», dice Godino, que aunque lleva toda la vida en Madrid conoce por su nombre y por su apodo a un número inusitado de nuestros paisanos, y llama a todo el mundo ilustre, celebérrimo, insigne, exagerando esa ge con tanta fuerza, a la manera de nuestra ciudad, que más de una vez suelta un perdigón de saliva al pronunciarla.



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