También recuerdo sin desapego La prolongada busca de Tai An, que renueva a su modo el problema clásico del objeto escondido. Poe inicia la marcha en The purloined letter; Lynn Brock ensaya una variación parisina en The two of diamonds, obra de gallardos contornos, afeada por un perro embalsamado; Carter Dickson, menos feliz, recurre al radiador de la calefacción… Fuera a todas luces injusto dejar en el tintero Las previsiones de Sangiácomo, enigma cuya solución impecable confundirá, parole de gentilhomme, al más entonado de los lectores.

Una de las tareas que ponen a prueba la garra del escritor de fuste es, a no dudarlo, la diestra y elegante diferenciación de los personajes. El ingenuo titiritero napolitano que ilusionara los domingos de nuestra niñez resolvía el dilema con un expediente casero: dotaba de una giba a Polichinela, de un almidonado cuello a Pierrot, de la sonrisa más traviesa del mundo a Colombina, de un traje de arlequín… a Arlequín. H. Bustos Domecq maniobra, mutatis mutandis, de modo análogo. Recurre, en suma, a los gruesos trazos del caricaturista, si bien, bajo esta pluma regocijada, las inevitables deformaciones que de suyo comporta el género rozan apenas el físico de los fantoches y se obstinan, con feliz encarnizamiento, en los modos de hablar. A trueque de algún abuso de la buena sal de cocina criolla, el panorama que nos brinda el incontenible satírico es toda una galería de nuestro tiempo, donde no faltan la gran dama católica, de poderosa sensibilidad; el periodista de lápiz afilado, que despacha, quizás con menos ponderación que soltura, los más diversos menesteres; el tarambana decididamente simpático, de familia pudiente, calavera con dejos de noctámbulo, reconocible por el brillante cráneo engominado y los inevitables petizos de polo; el chino cortesano y melifluo de la vieja



10 из 131