Pienso que, hoy día, lo que queda de este libro es ese esfuerzo memorable por dar entidad a ciertos argentinismos y llenarlos de significación plástica. Sabido es que hubo en Argentina escritores llamados populares, entre ellos Roberto Arlt, a los que Borges y en general todo el grupo Sur despreciaban por su descuido idiomático. Esta novela es una respuesta, inteligente por lo demás, para deshacer algunos malentendidos sobre la supuesta "antiargentinidad" de sus autores. El resultado es espléndido y digno de la inteligencia casi perversa de Jorge Luis Borges.

H. Bustos Domecq, autor del libro, cumple una condena de cadena perpetua por un crimen del que se supone, por mor del tono de la obra, es inocente. Desde la celda 273 resuelve asesinatos y otros problemas criminales y, sin embargo, es incapaz de demostrar su inocencia, porque un funcionario de la comisaría 8 le debe dinero y no le interesa que don Isidro se lo reclame. Esta endeble estructura, endeble e inverosímil, permite que don Isidro acceda a los universos más surrealistas y a la resolución de los problemas más abstrusos con el sólo concurso de su inteligencia. Es, por tanto, un hombre que mantiene una línea abierta con el mundo por una única vía, la espiritual, y, a partir de ahí, se expande una correlación de corte matemático que adquiere su justa correspondencia, o verosimilitud, con la realidad. Esa verdad es la única prueba que tiene don Isidro para demostrarse a sí mismo que no es el don Segismundo calderoniano, y, por lo tanto, se puede permitir el lujo, porque además es un personaje moderno, de ser paródico, satírico, inteligente pero nunca trágico.

Y es ese tono de parodia lo que hace único este libro y que le distingue de la más acerba tradición británica del género. Como dice la señorita Adelma Badoglio, educadora de su educando don Isidro: "Sus cuentos policiales descubren una veta nueva del fecundo polígrafo: en ellos quiere combatir el frío intelectualismo en que han sumido este género sir Conan Doyle, Ottolenghi, etc. Los cuentos de Pujato, como cariñosamente los llama el autor, no son la filigrana de un bizantino encerrado en la torre de marfil; son la voz de un contemporáneo, atento a los latidos humanos y que derrama a vuelapluma los raudales de su verdad".



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