– Seguro que tienes razón.

Podría haber nombrado a todos los buenos policías que habían sido expulsados de la KRIPO durante la gran purga que sufrió el cuerpo en 1933: Kopp, Klingelhöller, Rodenberg y muchos más, pero no había ido a discutir de política. Encendí un Muratti, me ahumé los pulmones un segundo y me pregunté si me atrevería a hablar de lo que me había llevado al despacho de Otto Schuchardt.

– Relájate, viejo amigo -dijo, y me pasó una taza de café sorprendentemente sabroso-. Fuiste tú quien me ayudó a colgar el uniforme y a entrar en la KRIPO. No olvido a los amigos.

– Me alegro de saberlo.

– No sé por qué, pero tengo la sensación de que no has venido a denunciar a nadie. No, no me pareces de ésos, conque dime, ¿en qué puedo ayudarte?

– Tengo una amiga judía -dije-, una buena alemana, incluso nos representó en las Olimpiadas de París. No es religiosa practicante y está casada con un gentil. Quiere irse de Berlín; espero poder convencerla de que cambie de opinión y me preguntaba si sería posible olvidar su origen o, tal vez, pasarlo por alto. En fin, se sabe que esas cosas pasan de vez en cuando.

– ¿De verdad?

– Sí, bueno, es lo que me parece.

– Yo en tu lugar no repetiría esos rumores, por muy ciertos que sean. Dime, ¿hasta qué punto es judía tu amiga?

– Como te he dicho, en las Olimpiadas de…

– No; me refiero a la sangre, que es lo que ahora cuenta de verdad. La sangre. Si tu amiga es de sangre judía, poco importará que se parezca a Leni Riefenstahl y esté casada con Julius Streicher.



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