Pegué una calada como si fuese leche de mi madre y apagué el cigarrillo en un cenicero de papel de aluminio del tamaño de un pezón. Tenía que haber una palabra compuesta, de crucigrama -formada con partículas raras de alemán- que describiese lo que sentía, pero todavía no me la imaginaba, aunque estaba seguro de que sería una mezcla de «horror», «pasmo», «patada» y «estómago». ¡Y no sabía ni la mitad! Todavía.

– Te agradezco la sinceridad -dije.

Al parecer, también eso le hizo cierta gracia teñida de reproche.

– No, no es cierto, pero no creo que tardes en agradecérmelo de verdad.

Abrió el cajón de la mesa y sacó una hinchada carpeta de color marrón claro. En la esquina superior izquierda tenía pegada una etiqueta blanca con el nombre del sujeto correspondiente y el del organismo y el negociado que se ocupaban de engrosarla. El sujeto era yo.

– Es tu expediente policial personal. Cada agente tiene el suyo; los ex policías como tú, también. -La abrió y extrajo la primera página-. Aquí está el índice. A cada nueva entrada en el historial se le asigna un número en esta hoja de papel. Veamos. Sí. Entrada veintitrés.

Fue pasando páginas hasta llegar a otra hoja; me la enseñó.

Era una carta anónima en la que se me denunciaba por tener una abuela judía. La letra me recordaba vagamente a alguien, pero, delante de Otto Schuchardt, no me apetecía pensar en la identidad del autor.

– Parece que sería inútil negarlo -dije al tiempo que se la devolvía.

– Al contrario -dijo él-, puede ser lo más útil del mundo. -Encendió una cerilla, prendió la carta y la dejó caer en la papelera-. Ya te he dicho que yo no olvido a los amigos. -A continuación cogió una pluma, le quitó el capuchón y se puso a escribir en el apartado NOTAS de la hoja del índice-. «No es posible tomar medidas» -dijo al tiempo que escribía-. De todas maneras, lo mejor sería que procurases aclararlo.

– Parece que ya es un poco tarde -dije-. Mi abuela murió hace veinte años.



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