Eric no dudaba que suplicaría, pero no sería fruta lo que pidiera.

Cuando salieron el sol se había puesto, tiñendo el cielo de rosa. Ya se veían algunas estrellas.

– He echado esto de menos -Hannah inspiró con anhelo-. Me alegro de estar aquí.

– Espera a que llegue la humedad del verano.

– No me molestará -negó con vehemencia-. Pienso disfrutar de cada segundo de sudor.

– Siempre puedes ir a remojarte al lago.

– Es verdad. Sólo está a unos peldaños de distancia.

Eric metió la mano en el bolsillo y sacó el control remoto del coche. Los cierres de BMW 330i se levantaron y él abrió la puerta del pasajero.

– Bonito coche.

– Sí -Eric sonrió-. Ya lo sé. Es un capricho. Siempre me gustaron los coches, pero estaba demasiado ocupado ganando para comer o estudiando para permitirme uno que fuera más que un medio de transporte básico. Con el último ascenso, decidí que había llegado el momento.

– Te lo has ganado. Me alegro de que seas capaz de disfrutar de tu éxito. Algunas personas se pierden trabajando y no llegan a disfrutar de lo que tienen.

Hannah entró en el coche, Eric cerró la puerta y fue al otro lado.

El BMW había sido su primer y único capricho. Vivía con sencillez y metía la mayoría de sus ganancias en el banco. Pero el coche había sido un sueño desde su infancia. No le interesaban las casas grandes ni las vacaciones lujosas; un coche era algo distinto.

Según decía CeeCee, su hermana, era típico en los hombres. Nunca había entendido su fascinación por los motores; se negaba a hablar del tema con él.

A los dieciséis años, le había parecido igual de importante ahorrar para el coche que para pagarse la universidad. Había trabajado duro, pero tenía estudios, un buen trabajo e iba a cenar con una mujer bellísima.

– No me has contado lo que has hecho hoy -insistió-. ¿Volviste a la casa?



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