
– Para ellos, este reto quizá no sea sino un maleficio más, pero para nosotros es una cuestión de supervivencia. Todos confiamos en ti.
Unos instantes después, Zofia cruzó de nuevo el gran vestíbulo. Pedro echó un vistazo a las pantallas de control: había vía libre. La puerta camuflada en la fachada volvió a deslizarse y Zofia salió a la calle.
En el mismo momento, Lucas salía por el otro lado de la torre. Un último rayo atravesó el cielo a lo lejos, por encima de las colinas de Tiburón. Lucas paró un taxi, el vehículo se detuvo ante él y el joven montó.
En la acera de enfrente, Zofia corría hacia su coche; una agente de tráfico estaba poniéndole una multa.
– Buenos días, ¿qué tal está? -le dijo Zofia a la mujer de uniforme.
La policía volvió lentamente la cabeza a fin de asegurarse de que Zofia no estaba burlándose de ella.
– ¿Nos conocemos? -preguntó la agente Jones.
– No, no creo.
La agente, dubitativa, mordisqueaba el bolígrafo observando a Zofia. Arrancó la multa del bloc.
– ¿Y usted? ¿Está bien? -dijo mientras la colocaba bajo el limpiaparabrisas.
– ¿No tendrá por casualidad un chicle de fresa? -preguntó Zofia, apoderándose del papel.
– No, de menta.
Zofia rechazó cortésmente el paquete que le ofrecía y abrió la portezuela del coche.
– ¿No quiere negociar la multa?
– No, no.
– ¿Sabe que, desde principios de año, los conductores de vehículos oficiales tienen que pagar las multas de su bolsillo?
– Sí -dijo Zofia-, lo he leído en algún sitio. Después de todo, es bastante lógico.
– ¿En el colegio se sentaba siempre en la primera fila? -preguntó la agente Jones.
– Francamente, no me acuerdo… Ahora que lo dice, creo que me sentaba cada vez en un sitio.
– ¿Está segura de que se encuentra bien?
– Esta noche habrá una puesta de sol espléndida, no se la pierda. Debería ir a verla en familia; desde Presidio Park, el espectáculo será magnífico. La dejo, tengo muchísimo trabajo -dijo Zofia, subiendo al coche.
