– Regalo de la casa -dijo, mientras les daba sendas cartas. Mathilde le preguntó a Zofia si era cliente habitual. Le parecía demasiado caro para una modesta empleada pública. Zofia respondió que el dueño las invitaba.

– ¿Le has perdonado alguna multa?

– Le hice un favor hace unos meses. En realidad, fue una insignificancia -repuso Zofia, un tanto confusa.

– Tus insignificancias me resultan un poco sospechosas. ¿Qué clase de favor le hiciste?

Zofia, había visto al propietario del establecimiento una noche en los muelles de carga. Caminaba por allí en espera de que le autorizaran a retirar de la aduana un envío de vajilla procedente de China.

La tristeza de su mirada había atraído la atención de Zofia, que había temido lo peor al verlo inclinarse al borde del agua salobre y quedarse mirándola fijamente un buen rato. Entonces se había acercado a él y entablado conversación; el hombre había acabado contándole que su mujer quería abandonarlo después de cuarenta y tres años de matrimonio.

– ¿Qué edad tiene su mujer? -preguntó Mathilde, intrigada.

– Setenta y dos años.

– ¿Y hay gente que a los setenta y dos años piensa en divorciarse? -preguntó Mathilde, reprimiendo con mucho esfuerzo la risa.

– Si tu marido lleva cuarenta y tres años roncando, es una idea en la que puedes pensar muy a menudo. Yo diría que incluso todas las noches.

– ¿Y uniste de nuevo a la pareja?

– Lo convencí de que se operara prometiéndole que no le harían ningún daño. ¡Los hombres soportan tan mal el dolor físico!

– ¿Crees que se habría tirado de verdad?

– ¡Ya había tirado la alianza!

Mathilde levantó la mirada y se quedó fascinada por el techo del restaurante, totalmente decorado con vidrieras de Tiffany's que daban a la sala cierto aire de catedral. Zofia, que compartía su opinión, le sirvió un poco más de pollo.

Su amiga, intrigada, se pasó una mano por el pelo.



38 из 183