– ¡Qué suerte para mis futuros vecinos! ¡Le deben mucho!

Un flujo de sangre brotó de su boca y le resbaló por la mejilla para ir a fundirse con el rojo de la alfombra. La sonrisa se le congeló.

– Creo que debería ocuparse de su amiga, no la he visto salir.

Zofia miró a su alrededor, pero no vio ni rastro de Mathilde ni de ningún otro cuerpo.

– Junto a la puerta, bajo la vitrina -dijo Liu, tosiendo de nuevo.

Zofia se incorporó. Liu la retuvo asiéndola de la muñeca y clavó los ojos en los suyos.

– ¿Cómo lo ha sabido?

Zofia contempló al hombre; los últimos rayos de vida escapaban de sus iris dorados.

– Lo comprenderá dentro de unos instantes.

Una inmensa sonrisa iluminó el rostro de Liu y todo su ser se apaciguó.

– Gracias por esta muestra de confianza.

Ésas fueron las últimas palabras del señor Tran. Sus pupilas se contrajeron hasta hacerse tan pequeñas como la punta de una aguja, parpadeó y su rostro se abandonó sobre la palma de la mano de su última clienta. Zofia le acarició la frente.

– Perdóneme por no acompañarlo -dijo, apoyando suavemente en el suelo la cabeza inerte del restaurador.

Se levantó, apartó una pequeña cómoda que estaba patas arriba y se dirigió hacia el gran mueble volcado. Empujó con todas sus fuerzas para levantarlo y descubrió a Mathilde, inconsciente, con un gran trinchante de patos clavado en la pierna izquierda.

El haz de la linterna del bombero barrió el suelo; se oía el crujido de sus pasos al pisar los cascotes. Se acercó a las dos mujeres e inmediatamente sacó el emisor-receptor de la funda que llevaba colgada al hombro para comunicar que había encontrado dos víctimas.



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