El capataz Manca firmó la hoja y se la tendió a su joven ayudante. Con un gesto de la mano, le indicó que se alejara.

– No se quede aquí, está en una zona peligrosa. Cuando una carga se suelta, no perdona.

– Sí, pero no se suelta nunca. Manca, ¿me ha oído? -insistió Zofia.

– ¡No tengo una mira láser en los ojos, que yo sepa! -masculló el hombre, rascándose una oreja.

– ¡Pero su mala fe es más precisa que cualquier telémetro! No intente ganar tiempo. Cierre este puerto ahora mismo, antes de que sea demasiado tarde.

– Hace cuatro meses que trabaja aquí y nunca había bajado tanto la productividad como desde su llegada. ¿Va a encargarse usted de alimentar a las familias de mis compañeros cuando acabe la semana?

Un tractor estaba acercándose a la zona de descarga. El conductor no veía prácticamente nada y la horquilla frontal evitó por los pelos chocar contra una batea.

– Vamos, apártese. ¿No ve que molesta?

– No soy yo quien molesta, es la niebla. Lo único que tiene que hacer es pagar de otra forma a los cargadores. Estoy segura de que sus hijos se alegrarán más de ver a su padre esta noche que de cobrar la prima del seguro de defunción del sindicato. Dese prisa, Manca, dentro de dos minutos tramito una demanda judicial contra usted, e iré personalmente a los tribunales. -El capataz miró a Zofia antes de escupir en el agua-. ¿Se da cuenta? ¡No se ven ni sus escupitajos! -dijo ella.

Manca se encogió de hombros, empuñó el walkie-talkie y se resignó a ordenar el cese general de las actividades. Al cabo de un instante sonaron cuatro toques de bocina e inmediatamente se paralizó la danza de grúas, elevadores, tractores y todo cuanto podía moverse en los muelles y a bordo de los cargueros. A lo lejos, en lo invisible, la sirena de niebla de un remolcador respondió al cese de la actividad.



6 из 183