
Había dos hombres sentados delante del banco, ataviados con gorras de jardinero, camisas de cuadros y pantalones de trabajo, que estaban charlando. Un grupo de chicos subía por la cuesta de la calle montados sobre sus bicicletas, probablemente de camino a la tienda de Lester para comprar golosinas o bebidas frías. Ella había subido por aquella cuesta cientos de veces con el mismo destino. «Hace cien años», pensó. Entonces, sintió la ya demasiado familiar punzada en el estómago.
«¿Qué estoy haciendo aquí?», volvió a decirse mientras sacaba una caja de antiácidos del bolso. Al contrario que el pueblo, ella sí que había cambiado. A veces, casi no se reconocía.
Quería creer que estaba haciendo lo correcto. Regresaba, aunque no estaba segura de que lo hiciera a su hogar. No sabía si aquél seguía siendo su hogar… o si ella misma quería que lo fuera.
Acababa de cumplir los dieciséis años cuando se marchó de allí… cuando su padre la arrancó de aquellas tranquilas calles para embarcarla en una vorágine de ciudades, ensayos y actuaciones. Nueva York, Chicago, Los Angeles, Londres, París, Bonn, Madrid… Había sido muy emocionante, una montaña rusa de vistas, sonidos y, sobre todo, música.
A la edad de veinte años, gracias al empuje de su padre y a su propio talento, se había convertido en una de las pianistas más jóvenes y de más éxito del país. Había ganado el prestigioso concurso Van Cliburn a la tierna edad de dieciocho años frente a competidores que eran diez años mayor que ella. Había tocado para la realeza y había cenado con los presidentes de muchos países. Se había centrado exclusivamente en su carrera y se había forjado una reputación como una artista brillante y temperamental. La atractiva y apasionada Vanessa Sexton.
