después de pequeñas acrobacias cautelosas, vuelve para atrás y corre hasta el extremo opuesto; siguiendo así, en inútiles idas y venidas, hasta que el hombre solitario se cansa del juego y, por piedad, o más generalmente por aburrimiento, deja el palito en el suelo, ocasión en que la hormiga se apresura a buscar a sus compañeras, mantiene una breve y agitada conversación con las primeras que encuentra para explicar su retardo o para enterarse de la Marcha General del Trabajo en su ausencia, y en seguida reanuda su tarea, reincorporándose a la larga y enérgica fila egipcia. Mientras el hombre solitario y pensativo retorna a su meditación general y un poco errabunda que no fija demasiado su atención en nada: mirando ya un árbol, ya un chico que juega por ahí y rememorando, gracias a ese niño, remotos y ahora increíbles días de la Selva Negra o de una callejuela de Pontevedra que baja hacia el sur; mientras sus ojos se nublan un poco más, acentuando ese brillo lacrimoso que tienen los ojos de los ancianos y que nunca se sabrá si se debe a causas puramente fisiológicas o si, de alguna manera, es consecuencia del recuerdo, la nostalgia, el sentimiento de frustración o la idea de la muerte, o de esa vaga pero irresistible melancolía que siempre nos suscita a los hombres la palabra FIN colocada al término de una historia que nos ha apasionado por su misterio y su tristeza. Lo que es lo mismo que decir la historia de cualquier hombre, pues ¿qué ser humano existe cuya historia no sea en definitiva triste o misteriosa?

Pero no siempre los hombres sentados y pensativos son viejos o jubilados.

A veces son hombres relativamente jóvenes, individuos de treinta o cuarenta años. Y, cosa curiosa y digna de ser meditada (pensaba Bruno), resultan más patéticos y desvalidos cuando más jóvenes son. Porque ¿qué puede haber de más pavoroso que un muchacho sentado y pensativo en un banco de plaza, agobiado por sus pensamientos, callado y ajeno al mundo que lo rodea? En ocasiones, el hombre o muchacho es un marinero; en otras es acaso un emigrado que querría volver a su patria y no puede; muchas veces son seres que han sido abandonados por la mujer que querían; otras, seres sin capacidad para la vida, o que han dejado su casa para siempre o meditan sobre su soledad y su futuro. O puede ser un muchachito como el propio Martín, que empieza a ver con horror que el absoluto no existe.



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