
VI
Es cierto que desde los once años no entraba en ninguna dependencia de la casa y mucho menos en aquella salita que era algo así como el santuario de su madre: el lugar donde, al salir del baño, permanecía las horas radiotelefónicas y donde completaba los preparativos para sus salidas. Pero, ¿y su padre? Ignoraba sus costumbres en los últimos años y lo sabía encerrado en su taller; para ir al baño no era imprescindible pasar por la salita, pero tampoco era imposible. ¿Jugaba acaso con la posibilidad de que su marido la viese así? ¿Formaba parte de su encarnizado odio la idea de humillarlo hasta ese punto?
Todo era posible.
Por su parte, al no oír la radio encendida, supuso que no estaba, pues era absolutamente inconcebible que permaneciera en la salita en silencio.
En la penumbra, sobre el diván, el doble monstruo se agitaba con ansiedad y furia.
Anduvo caminando por el barrio, como sonámbulo, durante poco más de una hora. Luego volvió a su cuarto y se tiró sobre la cama. Quedó mirando el techo y luego sus ojos recorrieron las paredes hasta detenerse en la ilustración de Billiken que tenía pegada con chinches desde su infancia: Belgrano haciendo jurar la bandera azul y blanca a sus soldados, en el cruce del río Salado.
La bandera inmaculada pensó.
Y también volvieron a su mente palabras clave de su existencia: frío, limpieza, nieve, soledad, Patagonia.
Pensó en barcos, en trenes, pero ¿de dónde sacaría el dinero? Entonces recordó aquel gran camión que paraba en el garaje cercano a la estación Sola y que, mágicamente, lo había detenido un día con su inscripción: TRANSPORTE PATAGÓNICO. ¿Y si necesitaran un peón, un ayudante, cualquier cosa?
