– Y en el que yo nunca pude entrar -concluyó, poniendo su mirada sobre los ojos de Bruno.

IX

Aquí es -dijo.

Se sentía el intenso perfume a jazmín del país. La verja era muy vieja y estaba a medias cubierta con una glicina. La puerta, herrumbrada, se movía dificultosamente, con chirridos.

En medio de la oscuridad, brillaban los charcos de la reciente lluvia. Se veía una habitación iluminada, pero el silencio correspondía más bien a una casa sin habitaciones. Bordearon un jardín abandonado, cubierto de yuyos, por una veredita que había al costado de una galería lateral, sostenida por columnas de hierro. La casa era viejísima, sus ventanas daban a la galería y aún conservaban sus rejas coloniales; las grandes baldosas eran seguramente de aquel tiempo, pues se sentían hundidas, gastadas y rotas.

Se oyó un clarinete una frase sin estructura musical, lánguida, desarticulada y obsesiva.

– ¿Y eso? -preguntó Martín.

– El tío Bebe -explicó Alejandra-, el loco.

Atravesaron un estrecho pasillo entre árboles muy viejos (Martín sentía ahora un intenso perfume de magnolia) y siguieron por un sendero de ladrillos que terminaba en una escalera de caracol.

– Ahora, ojo. Seguime despacito.

Martín tropezó con algo: un tacho o un cajón.

– ¡No te dije que andes con ojo! Espera.

Se detuvo y encendió un fósforo, que protegió con una mano y que acercó a Martín.

– Pero Alejandra, ¿no hay lámpara por ahí? Digo… algo… en el patio…

Oyó la risa seca y maligna.

– ¡Lámparas! Vení, coloca tus manos en mis caderas y seguime.

– Esto es muy bueno para ciegos.

Sintió que Alejandra se detenía como paralizada por una descarga eléctrica.



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