
Hizo un esfuerzo para mantener los ojos sobre la estatua, pero en realidad no la veía más: sus ojos estaban vueltos hacia dentro, como cuando se piensa en cosas pasadas y se trata de reconstruir oscuros recuerdos que exigen toda la concentración de nuestro espíritu.
"Alguien está tratando de comunicarse conmigo", dijo que pensó agitadamente.
La sensación de sentirse observado agravó, como siempre, sus vergüenzas: se veía feo, desproporcionado, torpe. Hasta sus diecisiete años se le ocurrían grotescos.
"Pero si no es así", le diría dos años después la muchacha que en ese momento estaba a sus espaldas; un tiempo enorme -pensaba Bruno-, porque no se medía por meses y ni siquiera por años, sino, como es propio de esa clase de seres, por catástrofes espirituales y por días de absoluta soledad y de inenarrable tristeza; días que se alargan y se deforman como tenebrosos fantasmas sobre las paredes del tiempo. "Si no es así de ningún modo", y lo escrutaba como un pintor observa a su modelo, chupando nerviosamente su eterno cigarrillo.
"Espera", decía.
"Sos algo más que un buen mozo", decía.
"Sos un muchacho interesante y profundo, aparte de que tenés un tipo muy raro."
– Sí, por supuesto -admitía Martín, sonriendo con amargura, mientras pensaba "ya ves que tengo razón"-, porque todo eso se dice cuando uno no es un buen mozo y todo lo demás no tiene importancia.
