
Se recordó que no debía adentrarse en ese terreno. No todo tenía solución y cuanto antes lo aceptara, mejor. Aún podía disfrutar de una buena vida y la aceptación sería el primer paso para seguir adelante. Era una profesional cualificada, después de todo. Una psicóloga que comprendía cómo funcionaba la mente humana.
– ¡Esto va a ser genial! -dijo Sasha Andersson apoyado contra el destartalado cabecero mientras hojeaba el ejemplar de Variety que había comprado en la librería de Logan. Algún día estaría ganando miles, millones de dólares, y se suscribiría y haría que se lo enviaran a su teléfono, como hacían las estrellas de verdad. Hasta entonces, compraba un ejemplar cada ciertos días para no gastar mucho.
Stephen, su hermano gemelo, estaba tumbado en la otra cama del pequeño hotel. Una desgastada revista Coche y Conductor estaba abierta sobre el suelo. Stephen tenía la cabeza y los brazos colgando fuera de la cama y hojeaba un artículo que probablemente habría leído cincuenta veces.
– ¿Me has oído? -le preguntó Sasha impaciente.
Stephen alzó la mirada y su oscuro cabello le cayó sobre los ojos.
– ¿Qué?
– El programa. Va a ser genial.
Stephen se encogió de hombros.
– Eso, contando con que nos elijan.
Sasha tiró el periódico a los pies de la cama y sonrió.
– ¡Ey! Somos nosotros. ¿Cómo podrían resistirse?
– He oído que hay unos quinientos aspirantes.
– Han reducido esa cifra a sesenta y vamos a llegar a la final. ¡Venga! Somos gemelos y eso le encanta al público. Deberíamos fingir que no nos llevamos bien, peleamos y esas cosas. Así tendremos más minutos de cámara.
Stephen se movió en la cama y se tumbó boca arriba.
– Yo no quiero más minutos de cámara.
