
– Cuando llegue a Hollywood, voy a comprarme una casa en las colinas. O en la playa.
– En Malibú -dijo Stephen tumbándose boca arriba-. Chicas en bikinis.
– Eso es. Malibú. Y me reuniré con productores, iré a fiestas y ganaré millones de dólares -miró a su hermano-. ¿Qué vas a hacer tú?
Stephen se quedó callado un momento antes de responder:
– No lo sé. No ir a Hollywood.
– Te gustaría.
Stephen sacudió la cabeza.
– No. Yo quiero algo distinto. Algo…
No completó la frase, aunque tampoco hacía falta. Sasha ya lo sabía. Tal vez su gemelo y él no compartieran el mismo sueño, pero lo sabían todo el uno del otro. Stephen quería encontrar su sitio, fuera lo que fuera que eso significaba.
– Es culpa de Finn que no estés emocionado por esto -refunfuñó Sasha.
Stephen lo miró y sonrió.
– ¿Te refieres a que insiste demasiado en que terminemos la facultad y tengamos una buena vida? ¡Qué estúpido!
Sasha se rio.
– Sí. ¿A qué viene que nos exija que tengamos éxito en los estudios? -dejó de reírse-. A menos que no se trate de nosotros, sino de él. Quiere poder decir que ha hecho un buen trabajo.
Sasha sabía que era más que eso, pero no estaba dispuesto a admitirlo. Al menos, no en voz alta.
– No te preocupes por él -dijo Stephen agarrando la revista-. Está a miles de kilómetros.
– Es verdad -respondió Sasha-. ¿Por qué dejar que nos arruine este buen momento? Vamos a salir en la tele.
– Finn nunca irá el programa.
Y era cierto. Finn no hacía nada divertido. Ya no. Antes había sido un salvaje, un rebelde; antes de…
Antes de que sus padres murieran. Así era cómo los chicos Andersson medían el tiempo. Todo lo que sucedía era o antes o después de la muerte de sus padres. Pero su hermano había cambiado después del accidente hasta tal punto que ahora Finn no podría reconocer un momento divertido ni aunque lo tuviera delante de las narices.
