
– ¿Disculpe?
No alzó la vista.
– ¿Disculpe? -dijo, levantando un poco la voz.
Tampoco contestó.
– ¡Eh, tú, tío!
Eso sí que captó su atención. Soltó un gruñido y entrecerró los ojos, ofendido por la interrupción. Se quitó los auriculares a regañadientes.
– La papeleta.
– ¿Cómo?
– La papeleta.
Ah. Grace le dio el resguardo. A continuación, El Pelusilla le preguntó cómo se llamaba. Eso recordó a Grace las líneas de atención al cliente, que te piden que marques tu número de teléfono y luego, en cuanto se pone una persona real, vuelven a preguntarte el mismo número. Como si la primera vez que lo solicitan fuese sólo para practicar.
El Pelusilla -a Grace empezaba a gustarle el apodo- hurgó en un fichero lleno de paquetes de fotos y por fin sacó uno. Arrancó la etiqueta y le dijo un precio desorbitado. Ella le dio un cupón de Val-Pak, que desenterró de su bolso tras una excavación equiparable a la búsqueda de los manuscritos del Mar Muerto, y vio cómo el precio se reducía a algo más razonable.
El chico le entregó las fotos. Grace le dio las gracias, pero él ya había vuelto a conectarse la música al cerebro. Ella se despidió con un gesto.
– No he venido por las fotos -dijo Grace-, sino por la amena conversación.
El Pelusilla bostezó y cogió su revista. El último número de Modem Slacker, «el Zángano Moderno».
Grace salió a la calle. Hacía fresco. El otoño había desplazado al verano con su ímpetu característico.
