
– ¿Y cuál es el síndrome de la quinta cita?
– Tú no tienes muchas citas, ¿eh?
– Pues no -contestó Grace-. Un marido y dos hijos me han cortado bastante el vuelo.
– Lástima. Verás, y no me preguntes por qué, pero en la quinta cita, los tíos siempre sacan el tema… ¿cómo decirlo con delicadeza?… del trío.
– Por favor, dime que no hablas en serio.
– Te hablo totalmente en serio. La quinta cita. Como muy tarde. El tío va y me pregunta, en plan puramente teórico, qué pienso de los tríos. Como si hablara de la paz en Oriente Medio.
– ¿Y tú qué contestas?
– Que en general me lo paso bien, sobre todo cuando los dos hombres se morrean.
Grace se echó a reír y las dos salieron del coche. A Grace le dolía la pierna mala. Aunque después de más de una década ya no debería sentirse cohibida por eso, seguía molestándole que la vieran cojear. Se quedó junto al coche y miró cómo se alejaba Cora. Cuando sonó el timbre, los niños salieron corriendo como disparados por un cañón. Al igual que las demás madres, Grace sólo veía a los suyos. El resto de la manada, por poco benévolo que pudiera parecer, era puro paisaje.
Max apareció en el segundo éxodo. Cuando Grace vio a su hijo -con el cordón de una zapatilla desatado, la mochila de Yu-Gi-Oh! demasiado grande para él, el gorro de lana de los Rangers de Nueva York ladeado como la boina de un turista-, volvió a invadirla el sentimiento de ternura. Max bajó por la escalera, ajustándose la mochila sobre los hombros. Ella sonrió. Al verla, Max le devolvió la sonrisa.
Se subió al asiento trasero del Saab. Grace lo ató a la sillita y le preguntó cómo le había ido el día. Max contestó que no lo sabía. Ella le preguntó qué había hecho. Max contestó que no lo sabía. ¿Había aprendido algo de matemáticas, inglés, ciencias, arte? Cómo única respuesta, Max se encogió de hombros y dijo que no lo sabía. Grace asintió con la cabeza. Un caso típico de la epidemia conocida como el Alzheimer de la escuela primaria. ¿Acaso drogaban a los niños para que se olvidaran de todo o los obligaban a jurar que no hablarían? Misterios de la vida.
