
– Tenemos que hablar a solas.
– Yo no llevo este caso -repitió Scott-. Ya le han asignado una fiscal.
– Esto no tiene nada que ver con ella.
– ¿Y sí conmigo?
Scanlon se inclinó hacia delante.
– Lo que estoy a punto de contarle -dijo- va a cambiar su vida por completo.
Una parte de Scott quería agitar los dedos delante de la cara de Scanlon y decir: «Oooooh». Estaba acostumbrado a la mentalidad del criminal capturado: sus retorcidas maniobras, sus intentos de sacar ventaja, sus búsquedas de escapatoria, su exagerado sentido de la propia importancia. Linda Morgan, tal vez adivinando sus pensamientos, le lanzó una mirada de advertencia. Antes le había contado que Monte Scanlon había trabajado durante casi treinta años para varias familias estrechamente relacionadas. La ley RICO anhelaba su colaboración con la avidez de un hombre famélico ante un buffet libre. Desde su detención, Scanlon se había negado a hablar. Hasta esa mañana.
Así que allí estaba Scott.
– Su jefa… -dijo Scanlon, señalando a Linda Morgan con la barbilla-… espera que yo colabore.
– Van a ponerle la inyección -contestó Morgan, todavía intentando aparentar despreocupación-. Nada de lo que diga o haga cambiará eso.
Scanlon sonrió.
– Por favor. Usted teme perder lo que tengo que decir mucho más de lo que yo temo la muerte.
– Ya. Otro hombre duro que no teme la muerte. -Se apartó de la pared-. ¿Quiere saber una cosa, Monte? Son siempre los hombres duros los que se manchan los pantalones cuando los atan a la camilla.
