
Al sentir la primera punzada de dolor había descolgado el teléfono y llamado a su hijo mayor. Ni siquiera el mal recuerdo del olor estéril y antiséptico del hospital ni las deprimentes paredes grisáceas la disuadían de preocuparse por su salud. Tenía una misión que cumplir antes de marcharse de este mundo.
Miró a la joven y atractiva doctora que la había visitado en Urgencias. Cualquier mujer con buena presencia y con la típica bata verde de hospital tenía posibilidades.
– Eres nueva en el pueblo, ¿verdad? -Raina ya sabía la respuesta antes de que la mujer asintiera.
Conocía a todo el mundo en Yorkshire Falls, municipio de 1.723 habitantes, pronto 1.724, cuando naciera el bebé del redactor de la sección local del Yorkshire Falls Gazette y su esposa. Su médico de cabecera era el doctor Eric Fallón, buen amigo desde hacía muchos años. Viudo como ella, hacía poco que Eric había sucumbido al deseo de disfrutar más de la vida y trabajar menos. Su nueva compañera de consulta, la doctora Leslie Gaines, era su solución para reducir el estrés.
Era nueva en el pueblo, lo cual, desde el punto de vista de Raina, no sólo la convertía en una mujer interesante, sino en esposa potencial para sus desganados hijos.
– ¿Está casada? -preguntó Raina-. Espero que la pregunta no le parezca indiscreta pero es que tengo tres hijos solteros y…
La doctora se rió.
– Llevo aquí unas pocas semanas y la fama de sus hijos ya les precede, señora Chandler.
A Raina se le hinchó el pecho de orgullo. Sus hijos eran buenas personas. Eran su tesoro más preciado y, desde hacía poco, el origen de su continua frustración. Chase, el mayor, Rick, el policía preferido del pueblo, y Roman, el menor, que era corresponsal en el extranjero y se encontraba en Londres cubriendo una cumbre económica. -Vamos a ver, señora Chandler…
