– Tómese su tiempo, señorita -replicó el hombre-. Yo tengo todo el día.

Romana esbozó una mueca ante el sarcasmo del taxista y redobló sus esfuerzos para encontrar la esquiva cartera. Estaba segura de que la tenía al ir a recoger su vestido, porque había usado la tarjeta de crédito. Luego, tras recibir el mensaje de India, había sentido la imperiosa necesidad de tomarse un café… y había necesitado cambio para pagarlo.

Revivió la escena en su cabeza. Había pedido el café, pagado y guardado la cartera… en el bolsillo.

El alivio fue momentáneo. La búsqueda en las profundidades del abrigo resultó demasiado exhaustiva, y el vaso de café decidió ir a recorrer mundo.

El envase cayó sobre la acera, rebotó y la tapa salió volando, liberando de su interior una ola de capuchino caliente. Como si lo estuviera viendo a cámara lenta, Romana observó cómo la ola manchaba los relucientes zapatos de un peatón antes de estrellarse espectacularmente contra los pantalones.

Los zapatos se pararon en seco.

– Esto es suyo, supongo -dijo el dueño de los pantalones.

Romana agarró el vaso. Craso error. Estaba húmedo y pegajoso, y la disculpa que comenzaba a surgir de sus labios se transformó en una expresión de asco.

Y entonces, error número dos, levantó la vista y casi volvió a verter el vaso. Aquel hombre era todo lo alto y moreno que se podía y, por un momento, se quedó petrificada y literalmente sin palabras. Disculpas. Tenía que pedir disculpas. Y averiguar quién era él. Pero en cuanto abrió la boca se dio cuenta de que el desconocido estaba muy lejos de sentirse impresionado por su inesperado encuentro con una de las mujeres más solicitadas de Londres. La expresión de su rostro incluía palabras como «estúpida», «rubia» y «mujer». La disculpa de Romana murió en sus labios.

Daba igual. Estaba claro que a él no le interesaba nada lo que ella pudiera decir. Ya se había dado la vuelta y caminaba con prisa hacia el dorado portal de Claibourne & Farraday, dejándola en la acera con la boca todavía abierta.



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