Niall Macaulay era impresionante, al menos por detrás. Alto, de pelo negro perfectamente peinado, y un traje hecho a medida que cubría sus anchos hombros.

– ¿Señor Macaulay? -preguntó mientras cruzaba el despacho con la mano extendida para darle la bienvenida-. Siento haberlo hecho esperar.

Cuando estaba a punto de explicar el motivo de su retraso, sin mencionar el asunto del café, se dio cuenta de que sus explicaciones serían redundantes. Abrió la boca como un pez sorprendido mientras él se daba la vuelta para estrechar su mano.

Niall Macaulay y el cascarrabias al que había duchado con café eran la misma persona.

– ¿Le ha ofrecido mi secretaria…?

– ¿Un café? -completó la frase por ella.

Hablaba en un tono de voz bajo, y ella se dio cuenta de que nunca rebasaría aquel nivel suave y controlado, cualquiera que fuera la provocación. Ella misma había sido testigo de su extraordinaria capacidad para controlarse.

– Gracias, pero creo que ya he tomado todo el café que usted pueda ofrecerme en un solo día.

Mientras él le soltaba la mano, a Romana le pareció que todavía la tenía pegajosa.

¿Era aquel hombre uno de sus socios? Romana los había imaginado más mayores y tal vez no muy interesados en ponerse a trabajar, teniendo en cuenta que los dividendos de la empresa eran más que suficientes para mantener a tres millonarios perezosos.

Cuando su padre había sufrido aquel fatal ataque al corazón, sus hermanas y ella habían descubierto la verdad. Sus socios, el capitalista, el banquero y el abogado, estaban muy lejos de ser unos ricachones sin inquietudes. Estaban construyendo un verdadero imperio, y querían también el imperio de las Claibourne.



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