– Señorita Claibourne, mi primo me ha pedido que sea su sombra mientras usted trabaja. Siempre y cuando ir de compras le deje algo de tiempo para dedicarse al mundo laboral.

Romana siguió la trayectoria de su mirada, que se había detenido sobre en la pila de bolsas que ella había depositado en el sofá.

– No menosprecie las compras, señor Macaulay. Nuestros antepasados inventaron el ir de tiendas para divertirse. Se hicieron ricos con ello, y es la costumbre de ir de compras la que hace que el dinero siga entrando a raudales por nuestra puerta.

– Seguro que no por mucho tiempo -replicó él alzando una ceja-, si los directivos de esta firma compran en otras tiendas.

– Tiene usted mucho que aprender si piensa que los diseñadores importantes van a vender en los grandes almacenes otra cosa que no sea su línea prét-á-porter. Ni siquiera en uno tan elegante como Claibourne & Farraday.

Romana exhaló un suspiro de satisfacción. Se sentía mucho mejor.

– ¿Nos ponemos de acuerdo para la supervisión? -continuó ella-. ¿Tiene usted tiempo para esta nimiedad?

Por toda respuesta, él encogió levemente los hombros, un gesto que podía significar cualquier cosa.

– No puedo entender por qué usted y sus primos tienen tantas ganas de jugar a las tiendas -lo presionó ella-. ¿Tienen ustedes alguna noción de cómo llevar unos grandes almacenes? Este tipo de empresa no es para principiantes. Puede que usted sea el mejor inversor bancario del mundo, pero ¿sabe exactamente cuántos pares de calcetines hay que encargar para Navidad?

– ¿Lo sabe usted? -respondió él.



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