– Sí, claro. -En ese momento, Sophie se sentía con más años de los que tenía, desaliñada y más fea que un pecado. Giró el gráfico que tenía en las manos y estudió el historial médico de Elspeth. La pequeña había tenido un episodio de apnea hacia la una de la madrugada y, desde entonces, nada. Quizá hubiera algo en aquel historial que le ayudara a entender mejor…

– Tienes un mensaje en la sala de enfermeras -avisó Kathy.

Sophie se puso tensa.

– ¿Es de casa?

Kathy se apresuró a sacudir la cabeza.

– No. Dios, lo siento. No era mi intención asustarte. No lo pensé. El mensaje lo han dejado durante el cambio de turno, a las siete, y se han olvidado de dártelo -dijo, y siguió una pausa-. ¿Cómo está Michael?

– A veces terrible. A veces bien. -Sophie intentó sonreír-. Pero maravilloso, siempre.

– Sí, es verdad -asintió Kathy.

– Pero de aquí a cinco años me estaré tirando de los pelos, como tú -dijo, y cambió de tema-. ¿De quién es el mensaje?

– Es Gerald Kennett, otra vez. ¿No piensas devolverle la llamada?

– No -dijo Sophie, mientras revisaba la lista de los medicamentos de Elspeth. Quizá se tratara de una alergia.

– Sophie, no te perjudicaría en nada hablar con él. Te ha ofrecido un empleo por el que te pagan más en un mes que en todo un año aquí en la universidad. Y hasta puede que suba su oferta, ya que no deja de llamarte. Yo no me lo pensaría dos veces.

– Entonces, llámalo tú. Me gusta mi trabajo aquí, y me gusta la gente de mi equipo. No quiero tener que responder ante una empresa farmacéutica.

– Antes trabajabas para una.

– Cuando me licencié de la facultad de medicina. Fue un grave error. Creí que me dejarían la libertad de investigar sin trabas. Eso no ocurrió, y ahora prefiero dedicarme a la investigación en mi tiempo libre. -Dibujó un círculo en torno a un medicamento en el historial de Elspeth-. Y he aprendido más a tratar con las personas aquí de lo que aprendería jamás en un laboratorio.



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