Todos los despachos de la parte delantera quedaron vacíos. Como era habitual los martes por la noche, las puertas de los despachos permanecían abiertas para que entrara el personal de la limpieza. Mientras éste estaba enfrascado en su trabajo, era fácil entrar y buscar las llaves de los archivadores cerrados. Las llaves se guardaban en el escritorio de la secretaria, y bastaba con cogerlas y usarlas. Nadie cuestionó su presencia, y dudaba que alguien recordase más tarde que había pasado por allí. Una agencia externa se encargaba de la limpieza. El trabajo de las mujeres consistía en pasar el aspirador, quitar el polvo y vaciar las papeleras. ¿Qué sabían ellas del funcionamiento interno de la sala de convalecencia en una residencia de la tercera edad? Por lo que a ellas se refería -visto su uniforme-, era una auténtica enfermera diplomada de grado medio, una persona de buena posición y digna de respeto, autorizada a hacer lo que se le antojase.

Sacó el formulario que la Otra había rellenado al solicitar el empleo. Esas dos páginas contenían todos los datos necesarios para adoptar su nueva vida: fecha y lugar de nacimiento -Santa Teresa-, número de la Seguridad Social, formación, número de la licencia de enfermera y el anterior empleo. Fotocopió el documento y las dos cartas de recomendación adjuntas al expediente de la Otra. Hizo copias de las evaluaciones del rendimiento profesional de la Otra y sus revisiones salariales, sintiendo un arrebato de ira al ver la humillante diferencia entre los sueldos de ambas. Pero ya no tenía sentido sulfurarse por eso. Volvió a guardar los papeles en la carpeta y a colocar el expediente en el cajón, que acto seguido cerró con llave. Dejó las llaves en el cajón del escritorio de la secretaria y salió de la oficina.


Capítulo 2

2 de Diciembre de 1987



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