
El presidente intentó que nos reconciliáramos, tal como mandaba la ley. Nosotros fuimos muy educados y civilizados. Habló -poco- sólo ella. Lo habíamos decidido, dijo. Era un paso que dábamos con respeto mutuo, serenamente.
Yo permanecía callado, asentía y, en aquella película, me sentía el actor secundario. Todo acabó muy deprisa, teniendo en cuenta que no había problemas de dinero, de casas, de niños.
Cuando salimos del despacho del juez, de nuevo ella me dio un beso, esta vez casi en la comisura de los labios. «Adiós», dijo.
«Adiós», dije, cuando ella ya se había girado y ya se alejaba.
«Adiós», dije de nuevo a la nada, después de fumarme un cigarrillo apoyado en la pared.
Me fui cuando me di cuenta de las miradas de los empleados que circulaban por allí.
Fuera era primavera.
3
La primavera se transformó rápidamente en verano, pero los días transcurrían siempre todos iguales.
También las noches eran todas iguales. Oscuras.
Hasta una mañana de junio.
Estaba en el ascensor, de regreso del tribunal, y subía hacia mi estudio, en el octavo piso, cuando, de repente y sin razón alguna, me asaltó el pánico.
Cuando salí del ascensor, permanecí en el rellano durante un tiempo indefinido, con la respiración jadeante, sudores fríos, náuseas, la mirada fija en un extintor. Y un miedo terrible.
– ¿Se encuentra bien, abogado?
El tono del señor Strisciuglio, empleado de hacienda jubilado, inquilino del otro apartamento del piso, mostraba perplejidad, era de preocupación.
– Estoy bien, gracias. Tengo un poco de dolor de cabeza, pero no creo que sea un problema. ¿Yusted cómo está?
No es verdad. Dije que había tenido un ligero mareo, pero que ahora ya me encontraba bien, gracias, buenos días.
Evidentemente no todo funcionaba, como iba a comprender incluso demasiado bien en los días y los meses sucesivos.
