Escogí uno de los impresos de la carpeta. Alteraría mi rutina normal y dejaría para más tarde el inventario de todo el esqueleto. Por el momento los agentes sólo deseaban el perfil identificativo: sexo, edad y raza.

La raza era muy evidente. Los cabellos, pelirrojos; los restos de piel, claros. Sin embargo, el proceso de descomposición actúa de modo extraño, de modo que comprobaría los detalles del esqueleto tras su limpieza. Por el momento parecía razonable considerar que era de raza caucasiana.

Como había sospechado se trataba de una mujer, con rasgos faciales delicados y el cuerpo, en conjunto, de estructura ligera. Los cabellos largos no significaban nada.

Observé la pelvis. Al ladearla advertí que la muesca que se encuentra bajo la aleta de la cadera era amplia y superficial. Volví a colocarla de modo que pudiera examinar los huesos púbicos, la región frontal donde se encuentran las partes derecha e izquierda de la pelvis. La curva formada por sus bordes inferiores constituía un amplio arco. Delicadas crestas atravesaban la parte frontal de cada hueso púbico y constituían claros triángulos en las esquinas inferiores, características típicamente femeninas. Más tarde tomaría medidas y realizaría análisis informáticos, pero no me cabía duda alguna de que aquellos restos pertenecían a una mujer.

Cuando envolvía la zona púbica con un paño mojado me sobresaltó el sonido del teléfono. Hasta entonces no había reparado en el silencio que me rodeaba ni en lo tensa que estaba. Me dirigí al escritorio esquivando a los gusanos como un niño que jugase a las tabas.



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