
– Fue hace diez años. Yo mismo era casi un adolescente.
– ¿Qué más da eso? -el aún no coronado rey de Aristo miró a su hermano desde el otro lado del enorme escritorio, con el gesto inundado de furia-. ¿Es que no hemos tenido ya suficientes escándalos?
– No por mi culpa -el príncipe Andreas Christos Karedes, tercero en la línea de sucesión al trono de Aristo, se mantuvo firme frente a su hermano mayor, con el desdén que mostraba siempre hacia aquella familia de hombres controlados por la testosterona.
Mucha gente podría llamar mujeriegos a sus hermanos, pero él siempre se aseguraba de que sus aventuras fueran perfectamente discretas.
– Hasta ahora -respondió Sebastian-. Sin contar tu espectacular divorcio, que causó un gran impacto. Pero esto es peor. Tienes que solucionarlo antes de que nos explote en la cara.
– ¿Cómo demonios voy a solucionarlo?
– Líbrate de ella.
– No estarás diciendo que…
Sebastian meneó la cabeza de inmediato para rechazar la idea, aunque lo cierto era que dicha alternativa no le resultaba tan poco atractiva.
Andreas casi lo comprendió. Desde la muerte de su padre, los tres hermanos habían estado sometidos a la presión de los medios, y la inestabilidad política que había provocado la muerte del rey amenazaba con destruirlos. Los tres hermanos, treintañeros, increíblemente guapos y ricos, mimados y aficionados a las fiestas, se veían ahora ante una realidad frente a la que no sabían qué hacer.
– Aunque si yo fuera nuestro padre… -añadió Sebastian.
Andreas se estremeció. ¿Quién sabía lo que habría hecho el viejo rey si hubiera descubierto el secreto de Holly? Afortunadamente eso no había sucedido. Claro que el rey Aegeus no habría podido mirarlo por encima del hombro en cuestiones morales, pues habían sido precisamente sus actos los que los habían conducido a la situación en la que se encontraban.
– Serás mejor rey de lo que fue nuestro padre -dijo Andreas suavemente-. ¿Qué clase de sucio negocio pudo empujarlo a deshacerse del diamante real?
