Me miró:

– En realidad, la frase que acaba de usar, «información secreta»…, era de eso de lo que realmente quería hablar.

– ¿Sí?

– Mi colega, el Sr. Jablon, tuvo que dejar la ciudad repentinamente.

– No veo cómo…

– Se retiró -dije-. Es un hombre que trabajó duro durante toda su vida, Sr. Prager, y alcanzó una cierta cantidad de dinero y se retiró.

– Quizás podría usted ir al grano.

Saqué un dólar de plata del bolsillo y le di la vuelta, pero no como Giros, mantuve los ojos en la cara de Prager en vez de en la moneda. Podría haber llevado esa cara a cualquier partida de póker en la ciudad y habría estado bien. Suponiendo que jugara bien.

– No se ven muchos de éstos -dije-. Hace una hora entré en un banco a comprar uno. Se quedaron mirándome y me mandaron ver a alguien especializado. Yo pensaba que un dólar era un dólar, ¿sabe? Así era antes. Parece que sólo el contenido de plata de estos chismes vale dos o tres pavos y el valor para el coleccionista es más alto todavía. Tuve que pagar siete dólares por éste, tanto si lo cree como si no lo cree.

– ¿Por qué lo quería?

– Sólo para tener suerte. El Sr. Jablon tenía un dólar como éste. O por lo menos a mí me lo pareció. No soy numismático. Eso es un experto en monedas.

– Sé lo que es un numismático.

– Pues yo sólo me enteré hoy, mientras descubría que un dólar ya no vale un dólar. El Sr. Jablon me podría haber ahorrado siete pavos si me hubiera dejado su dólar cuando se marchó de la ciudad. Pero me dejó otra cosa que a lo mejor vale un poco más de siete dólares. Verá, me dio un sobre lleno de papeles y cosas. Algunos tienen su nombre escrito. Y el nombre de su hija y algunos otros nombres que mencioné. Michael Litvak, por ejemplo, pero no es un nombre que reconoce, ¿verdad?

El dólar había dejado de dar vueltas. Giros siempre lo atrapaba cuando empezaba a tambalearse, pero yo simplemente lo dejé caer. Cayó de cara.



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