– ¿Adónde vamos? -preguntó jovialmente.

– Iba a llevarte al bar otra vez, pero no me había dado cuenta… -echó un vistazo a su reloj-. Es más tarde de lo que pensaba.

Ella se puso rígida inmediatamente.

– Y, como es normal, tienes mucho trabajo por las noches. No era mi intención entretenerte tanto.

Su mano se crispó sobre la chaqueta y el bolso mientras avanzaba hacia la puerta del extremo del pasillo. ¿Dónde había aparcado el coche? Después de una década, ya debería haber roto la costumbre de ponerse pesada con Clay Stewart.

– La última vez que lo vi, esto era solamente un pasillo y no una pista de carreras..

– Se ha hecho tarde.

Él quería que se fuera. Acomodó su paso al de ella en dirección a la salida.

– ¿Me vas a dejar conocer a Spencer en alguna ocasión? -preguntó ella en tono indiferente.

Cuando llegaron a la puerta, Liz observó el aparcamiento reluciente y las luces amarillas dibujando prismas en el chaparrón. Se puso la chaqueta tan rápidamente como pudo.

– No sólo llueve a cántaros; ahí fuera debe hacer frío murmuró.

– Liz…

Ella levantó la cara y entonces él no supo qué decir. Luchó contra el deseo de subirle la cremallera del chaquetón, subirle el cuello, acariciada. Una hora escasa con Liz y tenía el estómago hecho un nudo.

Deseaba que se fuera y se quedara a la vez. Quería hablarle de Spence, pero no quería que ella conociera las cosas vergonzosas que él había hecho. Estaba orgulloso de haber tenido éxito con el motel y confiaba en que ella notara que él había cambiado. Pero, en el fondo de su ser, sabía que no había cambiado. Seguía siendo Clay Stewart y nunca sería la clase de hombre que ella merecía.



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