– ¿Clay? ¿Qué demonios estás haciendo?

– Métete en el agua, Liz. Vamos a jugar al «corre, corre que te pillo».

– ¡Enciende las luces!

No podía. Durante toda una semana de noches en blanco, había visto la cara de ella mientras hablaban en el restaurante. La había llevado a Thistles porque era exactamente la clase de local al que ella pertenecía y él no. Su chaqueta vaquera frente a la blusa de seda de Liz, su cerveza frente a su champán, un vals para una dama frente a los rocks de su bar. Había querido que ella viera algo que siempre había estado muy claro para él. Pero la expresión de ella le preocupaba. No había querido herirla; su única intención había sido protegerla. Ella necesitaba a alguien y cualquier forma de rechazo podría ser un tema especialmente sensible para una mujer recién divorciada. Durante toda la semana había sido consciente de que ella le estaba rehuyendo. Sabía que podía encontrar fácilmente otro hombre que la invitara a ostras, alguien deseoso de consolar a una dama que necesitaba consuelo. Había pasado toda la semana pensando que siempre se había especializado en cometer errores con las personas próximas a él. Nunca había ayudado a su madre alcohólica. Mary no había querido casarse con él ni siquiera cuando se quedó embarazada. Y su hijo, su Spencer, había pasado dos años encerrado en un orfanato porque su padre tenía fama de irresponsable.

No quería que Liz se alejara de él.

– Quítate el bañador, canija. Este es un juego para adultos. La oyó contener la respiración antes de decir:

– Creo que estás chiflado.

A Clay le habían llamado cosas peores. La expresión de los ojos de Liz le desgarraba el corazón. La dama necesitaba risas y él necesitaba oír su risa.



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