

Manuel Rivas
Todo es silencio
El silencio amigo
Capítulo I
La boca no es para hablar. Es para callar.
Era un dicho de Mariscal que su padre repetía como una letanía y que Víctor Rumbo, Brinco, recordó cuando el otro muchacho, aterrado, vio lo que había en el raro envoltorio que él había sacado del cesto de pescador y preguntó lo que no tenía que preguntar.
– ¿Y eso qué es? ¿Qué vas a hacer?
– Tienen boca y no hablan -respondió lacónico.
La marea estaba baja o pensando en subir, en una calma atónita y destellante que allí resultaba extraña. Estaban los dos, Brinco y Fins, en las rocas próximas al rompiente, al pie del faro del cabo de Cons, y no muy lejos de las cruces de piedra que recuerdan a náufragos y pescadores muertos.
En el cielo, teniendo como epicentro la linterna del faro, las gaviotas picoteaban el silencio. Había un saber burlón en aquella alerta de las aves del mar. Un cuchicheo de forajidos. Se alejaban para luego retornar más cercanas, en círculos cada vez más insolentes. Se tomaban esa confianza, compartiendo con jactancia un secreto que el resto de la existencia prefería ignorar. Brinco miró de soslayo, divertido con el escándalo de las aves del mar. Sabía que él era la causa de la excitación. Que estaban al acecho.
Que esperaban la señal decisiva.
– Mi padre sabe el nombre de todas estas piedras -dijo Fins, intentando desatarse del curso de las cosas-. Las que se ven y las que no se ven.
Brinco ya había aprendido a tener desdén. Le gustaba ese sabor de las frases urticantes en el paladar.
– Las piedras no son más que piedras.
Brinco empuñó el cartucho de dinamita, ya montado con la mecha. Con el estilo de quien sabe cómo se usan.
