– Las muy putas -dijo Brinco-. Simulan ser flores y son sanguijuelas.

– La boca es también el culo -dijo Fins-. En las anémonas es el mismo agujero.

El otro lo miró incrédulo. Iba a soltar una bravata. Pero se lo pensó mejor y calló. Fins Malpica sabía mucho más que él de peces y animales. Y del resto. Por lo menos en la escuela. Así que lo que hizo Brinco fue agacharse, pillar algo en la poza y llevárselo a la boca. La cerró y mantuvo la cara inflada como un bofe. Al abrirla, sacó la lengua con un pequeño cangrejo vivo.

– ¿Cuánto tiempo puedes aguantar sin respirar?

– No sé. Media hora o así.

Fins quedó pensativo. Sonrió para dentro. Con Brinco ése es el juego, hay que dejarse ganar para que esté a gusto. Hacerse el tonto.

– ¿Media hora? -dijo Fins-. ¡Qué mierda!

Era la primera vez que se reían juntos desde que llegaron al cabo de Cons. Brinco se levantó y escudriñó el mar. Con ese movimiento, ese gesto de poner la mano de visera, en el cielo se intensificó el bullicio. Un chillido torvo picoteó la atmósfera en su punto más débil. Entre espumarajos, como hervidos por el mar, aparecieron los primeros peces muertos. Brinco se apresuró a capturarlos con el salabardo. Traían la tripa reventada. En la palma entristecida de la mano, contrastaban más el fulgir plateado de la piel y la sangre de las gallas abiertas.

– ¿Ves? ¿Es o no un milagro?

Capítulo II

Él era el hijo de Jesucristo. El hijo de Lucho Malpica. Decían: es el hijo de Lucho. O: es el hijo de Amparo. Pero era más conocido por el padre. Porque el padre, entre otras cosas, llevaba ya varios años haciendo de Cristo el día de la Pasión, el Viernes Santo. Cuando era más joven había hecho de soldado romano.



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